Cocina con Alegría

Contaminación auditiva o acústica

Contaminación auditiva o acústica

Contaminación auditiva o acústica

(RUIDO)

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Amigos lectores, el día de hoy quiero plantear este tema de contaminación y saber qué opinan ustedes al respecto.

Dentro de todas las cuestiones del medio ambiente, “el ruido” es algo que padecemos en todo momento y que curiosamente tanto en las legislaciones como en los foros relacionados con la cultura sustentable, poco tratamos e inclusive omitimos. No lo consideramos como algo verde, a pesar de las implicaciones sociales, psicológicas, laborales y de salud que se ven afectadas debido a la constante exposición al “ruido” excesivo que producimos.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la exposición al ruido provoca alteraciones del sueño, aumenta la presión arterial y puede conducir a enfermed ades del corazón y es un importante peligro para la salud pública.

El estudio señala que el ruido no deseado está causando graves problemas auditivos, insomnio y la activación de las hormonas de estrés, que a su vez podrían afectar el sistema inmunológico y el metabolismo.

Si bien el ruido no es igual a los otros tipos de contaminación, los que se mantienen en el tiempo, si la contaminación acústica no se controla también puede causar graves daños en la calidad de vida de las personas. También aumenta la agresividad ylas posibilidades de tener un ataque al corazón o un derrame cerebral.

Efectos

La exposición prolongada a una fuente de ruido puede producir sordera o incluso perforaciones en el tímpano. Pero además de las lesiones en el oído, la contaminación acústica tiene otras consecuencias que afectan en particular al sistema cardiovascular, respiratorio y digestivo.

La intensidad del ruido se mide en decibeles (db) y la escala corre entre el mínimo sonido que el oído humano pueda detectar, y el sonido más fuerte. La OMS considera los 50 decibeles como el límite superior deseable.

Una exposición a más de 60 dB produce agitación de la respiración, aceleración del pulso y taquicardias, además de un aumento de la presión arterial y dolor de cabeza.

A más de 85 dB se produce secreción gástrica, gastritis o colitis; aumento del colesterol y de los triglicéridos, lo que puede aumentar el riesgo cardiovascular. También aumenta los niveles de glucosa en la sangre, lo que puede ocasionar graves problemas en las personas con diabetes.



Fausto Rodríguez Manzo, académico de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), señala que el principal problema que impide mejorar el "paisaje acústico" de la ciudad es la falta de leyes, reglamentos o algún tipo de instrumento jurídico que permita regular la cantidad de ruido en los diferentes espacios urbanos.

Agrega que en México existe una norma ambiental que se aplica solo a fuentes fijas de ruido, que señala un límite de 62 decibeles de día y 65 de noche.

En opinión del también jefe del Departamento de Proceso y Técnicas de Realización de la UAM Azcapotzalco, esta norma resulta parcial porque no incluye el problema en su conjunto, sino solo tiene que ver con los problemas particulares. Es decir, no incide sobre los sonidos generados por el tránsito vehicular, industrias o comercio informal. "No se refiere al ruido en la ciudad, sino a un establecimiento determinado", consideró.

Actualmente, la legislación del Distrito Federal previene la contaminación auditiva, pero se encuentra limitada a comercios fijos y casa-habitación (Art. 346 del código penal del distrito federal).

Quiero platicarles cómo me fue el otro día que decidí ir en transporte público a entregar mi artículo anterior a Cocina con alegría. Vivo en un condominio horizontal en la zona de Los Remedios en Naucalpan.

Me desperté con el radio a todo volumen de uno de mis vecinos. A esa hora pasó el hombre que vende agua, gritó la marca unas 15 veces, desde la primera, todos mis vecinos y yo, supimos que ya había llegado; unos 20 minutos después, llegó un camión de la compañía de gas, utilizando un sistema idéntico mercadológico que el hombre del agua.

Me bañé y al estarme vistiendo escuché a uno de mis vecinos tocar el claxon de su vehículo insistentemente para que alguno de sus hijos se apurara a salir.

Posteriormente, me dirigí a la parada para tomar un microbús que me condujera a la estación de metro Cuatro Caminos. Una vez en el transporte, el acompañante del chofer gritaba a voz en cuello la ruta terminal. He de observar dos cosas: la primera, es que los camiones portan tremendo letrero con letras muy grandes que dicen “Metro Cuatro Caminos”, la segunda, que donde lo tomé, la única ruta es hacia ese destino, todos los usuarios lo sabemos.

Es intranscendente comentar que el chofer traía música tribal a un volumen extremadamente alto.



Pasados algunos minutos, llegamos al Centro de Transferencia Modal (Cetram) del Metro, el que es mejor conocido como paradero. En el corredor que conecta cada “paradero” con los andenes, existen vendedores ambulantes que exhiben y principalmente gritan sin parar sus mercancías: dulces, gomitas, galletas, periódicos, gelatinas, flores, audífonos (¿para no oírlos?), artesanías y un sinnúmero de artículos. Pasando los torniquetes un policía grita a todo aquel que lleva una mochila o bulto, que lo pase por un detector, orden a la que no todos hacen caso.



Me subo al vagón del metro y ahí empieza el ruido ya en serio. Los vendedores de música (pirata, por supuesto) a más de 100 decibeles, nos promocionan durante varios minutos sus cumbias y reggaetón, la pelota de novedad, la de moda, el regalo para el niño o la niña, a grito pelado.

Llego a mi destino y logro tener un momento de paz auditiva.

De regreso exactamente lo mismo, ruido, ruido y más ruido. ¿Cómo es posible que lo permitamos, que no digamos nada, cómo explicarles que venderían las mismas cantidades de mercancía si bajaran sus decibeles de promoción?

Al regresar a casa me topo con que los niños de mis vecinos están de vacaciones y se encuentran en el jardín del condominio. Entre juegos, los pequeños a veces gritan como si alguien estuviera haciéndoles daño. Al caer la noche, sus padres salen a llamarlos en voz alta y en repetidas ocasiones, que es tarde y es momento de que se metan.



Hacía las once de la noche llega un vecino más joven, presumiendo un costoso equipo de sonido para su coche, haciendo retumbar las ventanas de tal manera que es imposible detectar la música que suena. Ya casi para dormir, escucho que otro de mis vecinos ha decidido, a altas horas, hacer una reparación en su casa y para ello, utiliza un ruidoso taladro.

Olvidé cerrar la ventana de mi habitación, llovió y se metieron dos mosquitos que no dejaron de zumbar durante toda la madrugada.

¿Nos gusta el ruido? Como sociedad, ¿somos permisivos con los productores de ruido excesivo? ¿Lo podemos considerar como contaminación?

Voy a agradecer sus comentarios a este artículo, la siguiente semana seguimos con nuestro tema de cultivos alternativos.

Nos leemos la próxima.
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